Muchos saben, pocos hablan: suicidios en Venezuela

“No tengo qué comer, me voy a morir”, dijo el muchacho. Nadie prestó suficiente atención. Todos estaban tan atareados con la misión casi imposible de conseguir los alimentos, tan sumergidos en el desespero de las colas y en la angustia de ratificar en el espejo la falta de peso, que no dieron importancia al delirio del joven. “No tengo qué comer” es la frase más popular en los tiempos que cursan. Una semana después el muchacho murió. En el barrio la noticia corrió como pólvora, poniendo la piel de gallina a la comunidad. Cual chispa en la pradera trascendió que el fallecimiento fue por desnutrición. Lo dijo un camillero que hace guardias en la emergencia del hospital y también en la morgue. Esto sucedió en Barcelona, estado Anzoátegui. Los lectores de la ciudad conocerán el caso mejor que quien intenta retratarlo en estas breves líneas.

Las muertes por desnutrición en Venezuela se han multiplicado al compás de la crisis económica. Aumentan a una velocidad solo comparable con la hiperinflación que carcome las tripas del país. Esta situación no es exclusiva de algunas zonas en el territorio nacional. Es un hecho generalizado que se ha expandido llegando a todos los rincones. Cada estado, cada municipio y cada ciudad, pueblo o caserío, ha sido tocado por la escasez de alimentos y el vertiginoso incremento del costo de los productos básicos. El Socialismo del Siglo XXI ha sido por demás eficiente en el reparto de la pobreza. Todos los días la gente combate con sangre, sudor y lágrimas para conseguir comida, sin librarse de una sobrecarga de ansiedad, toda vez que cuando se consigue, no siempre se puede adquirir. La distorsión del precario mercado existente y la proliferación de importaciones a “precios reales” hacen del acceso a los alimentos y medicinas el tormento que ocupa el 100% de la atención de los venezolanos.

La crisis ha dado paso a una situación de depresión masiva, acorralando a muchas personas en cuadros complejos de psicosis. En el país apareció un elemento extraño que los registros oficiales no recogen y buena parte de la prensa (por no decir toda) lo censura: el incremento de los casos de suicidio.

“Miras para un lado, miras al otro y solo ves gente haciendo colas, muchachitos enfermos en los huesos y familias enteras buscando en la basura. Los basureros de las ciudades parecen un comedor popular. Un gentío revisando a ver qué consiguen para resolver el día. Dijeron que en la cuarta república había gente comiendo perrarina aunque nunca salió una foto de eso. Hoy aquí sí hay material como para hacer varias películas. La gente se mata porque no puede con la desesperación. De eso sabe todo el mundo pero nadie lo dice”, comentó un amigo del barrio que ha documentado la miseria en las calles.

No existen cifras exactas, ni públicas ni privadas. El suicidio es una realidad silenciada por el grito del hambre. El número de personas desesperadas que se han quitado la vida a consecuencia de la intensa crisis económica es una aguja en el pajar de titulares negativos que colapsan la programación de los medios de comunicación. En la cúpula nadie habla del tema. El gobierno ni lo ha asomado. Pero en la calle los casos de quienes prefirieron abandonar este mundo antes de seguirse sometiendo al desastre que vive Venezuela tienen cada vez más popularidad. La tragedia no toca fondo.

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Ángel Arellano

 

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