La trágica muerte de un uruguayo y su hijo venezolano

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Luís Marcelo, su madre María Adelaida y su padre Luís Humberto. Colonia Tovar.

El terror se los llevó. La delincuencia les quitó la vida. Fueron víctimas del hampa que se ha apoderado del país mientras las autoridades lo niegan día a día, aferrados a un poder que ya no les corresponde. La gente clama a gritos un cambio de rumbo para luchar contra la angustia, el colapso y la desesperación. En el camino, muchas personas fallecen, mucha sangre es derramada.

Todavía en América Latina hay quien aplauda la Revolución Bolivariana. Quienes ponen las manos en el fuego asegurando que Maduro es un demócrata, que Venezuela es el paraíso terrenal y que no está pasando nada, que todo es mero conflicto político. Todavía en el Uruguay, país de sólida democracia e instituciones fuertes, hay dirigentes y organizaciones que creen en el espejismo del chavismo. Una familia uruguayo-venezolana está de luto, y con ella el pueblo que los recibió hace mucho tiempo, así como el pueblo que los vio partir hace mucho más.
La muerte no tiene color partidista. Lo que sí tiene color político es mirar al costado durante una profunda crisis moral. Quienes lo sigan haciendo, aseguran para sí mismos el infierno espiritual del que hablaba Dante.
Luis Humberto Conde Giordan, 71 años, uruguayo de nacimiento, residente de Clarines, mi pueblo anzoatiguense. Su hijo, el contador público Luís Marcelo Conde García, 43 años, miembro de la dirección de finanzas de la Universidad Católica Andrés Bello, su alma mater y una de las casas de estudios superiores más reconocidas del país y la región. La tragedia ocurrió en la carretera nacional que comunica el oriente venezolano con la capital, Caracas. Iban en un vehículo particular con la intención de comprar un repuesto para un camión y seguir hacia la Colonia Tovar. Fueron interceptados por antisociales ayer a las 8:30 de la mañana. El Sr. Luís Humberto se resistió al robo y le dispararon. El hijo salió del vehículo buscando auxilio y también fue herido de bala. Murieron en el hospital. Los delincuentes huyeron, como suele suceder en el país de la impunidad. Testigos dicen que salieron del monte cuando la familia estacionaba el vehículo en la vía para hacer una llamada telefónica. También se dice que eran cinco, todos menores de edad. Adolescentes. Se dieron a la fuga. Nadie sabe nada más.
La tragedia fue presenciada por la Sra. María Adelaida, esposa y madre, también uruguaya. Acompañaba a su marido y a su hijo. Los vio morir. Carga con el inmenso dolor de haber presenciado la partida de sus seres más amados.
Luís Humberto y María Adelaida, oriundos de la Villa del Cerro, ese barrio montevideano tan popular, tatuado en el imaginario uruguayo. Llegaron a Venezuela antes del nacimiento de su único hijo. Formaron familia en un país pujante, que abrió las puertas a miles de inmigrantes. Un país que a pesar de sus muchos problemas, siempre tenía una buena cara para el mal tiempo. Un país que se ha desdibujado, del que apenas quedan retazos, recuerdos en sepia. Donde la gente intenta inflar un bote salvavidas para evitar el precipicio, una y otra vez, protestas, marchas y vidas mediante.
Hace minutos enterraron a Luís Humberto y Luís Marcelo en un cementerio de Clarines. La atención médica a los cuerpos en el Hospital de Caucagua fue muy precaria. La escasez de insumos de todo tipo ha condenado nuestros centros de salud a la prehistoria.
La terrible y oscura Venezuela que moldeó el chavismo ve morir todos los días a gente respetuosa, trabajadora y honesta. Todos los días hay tragedias así. Todos. Se ha hecho parte de la crónica diaria desde hace varios años. Aun así, todavía hay quien cree que es ficción, que las autoridades mantienen luchan contra la inseguridad, que el gobierno es bueno, víctima de una embestida política; que los adolescentes vinculados a este hecho, nacidos y criados en revolución, son una mentira propagada por los medios. Todavía hay quienes no quieren ver, sí que los hay.
A la Sra. María Adelaida nuestras sensibles condolencias. Esta noticia consternó a los clarinenses, a los ucabistas y a muchos uruguayos. En el Uruguay un hecho así causaría un revuelo grandísimo, con gran cola de prensa, presión a las autoridades y cólera social. En Venezuela es un drama más, de los miles que vivimos. No hay a quien reclamarle porque no hay autoridad, ni instancia, ni ley.
Nadie quiere que esto le suceda a otra familia. Nadie quiere que esto continúe. Nadie quiere más sangre inocente. Los venezolanos y los ciudadanos de bien que apoyan la causa democrática, aspiran un cambio para mejor. Urgente.
***
Ángel Arellano
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