110 años de Rómulo Betancourt: un pensamiento que vive y lucha

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Noventa años atrás la generación de 1928 se preparaba para un golpe que sería definitivo y abonaría el terreno a la democracia. Un golpe sin militares ni violencia. Sin muertos ni heridos. Sin fanáticos ni sangre. Sin mentiras y con mucha seriedad. Un golpe en la conciencia de los venezolanos y las venezolanas que solo conocían un país gobernado por la bota militar y el fuete del guerrero; que solo recordaban un puñado de apellidos cuando pensaban en figuras dominantes de la política nacional; que solo sabían de la democracia moderna por cierta prensa aventurera que se atrevía a publicar esos avances que no llegaban a Venezuela.

Esa generación irrumpió con el estandarte de la libertad y el sueño de encaminar al país hacia un horizonte de posibilidades donde los civiles conducían los destinos de la nación y toda la fuerza material e intelectual fue puesta a la orden del progreso. Pero esa generación de jóvenes enamorados de la democracia, al igual que la actual generación de jóvenes luchadores que han protestado durante años contra el régimen que empobrece y oprime en este momento a nuestra sociedad, tuvo tropiezos y reveses. Sufrió la cárcel, la tortura, la clandestinidad y el exilio. Se reinventó para dar lo mejor. Aceptó la tempestad del destierro e hizo de esa condición un episodio para aprender y luchar.

Noventa años atrás, Rómulo Betancourt, un muchacho idealista nacido en Guatire el 22 de febrero de 1908, estaba en primera fila. Fue una figura principal en aquel levantamiento de las conciencias contra la dictadura de Juan Vicente Gómez (1908-1935). Líder estudiantil, lector voraz, inquieto, ansioso por aprender y participar, dirigente convencido de las ideas que se encontraban hacia la izquierda del espectro político y que terminó materializando en el programa de Acción Democrática, el partido que fundó.

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Miembros del Junta Revolucionaria de Gobierno, de la izquierda a la derecha: Mario Ricardo Vargas, Raúl Leoni, Valmore Rodríguez, Rómulo Betancourt,Carlos Delgado Chalbaud, Edmundo Fernández y Gonzalo Barrios. Palacio de Miraflores, 1945.

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Mucho se ha escrito sobre Rómulo Betancourt. No queremos agregar una letra más a lo que ya es ampliamente conocido: su obra como constructor de la democracia venezolana y virtuoso estadista. Sí pretendemos sumar una breve reflexión sobre lo que fue su condición de político aguerrido que ante todas las adversidades imaginables se abrió paso luchando sin descanso y sin miedo para plantar la bandera de la democracia. Hoy, cuando la oscuridad reina en nuestro país, homenajear la vida de Betancourt es una necesidad imperiosa. Debemos aprender de aquel esfuerzo, aquel compromiso que puso al país primero, y aquella valentía que con gran carácter y determinación definió la época de mayor crecimiento y progreso que haya conocido nuestra historia patria.

Betancourt asumió su compromiso con Venezuela a temprana edad. Sufrió lo mismo que hoy lamentan los millones de jóvenes que están en más de cien países diferentes huyendo del régimen dictatorial y la crisis económica y humanitaria. Sin embargo, desde el exilio asumió con entereza un compromiso que mantuvo intacto hasta el día de su muerte: hacer de la democracia moderna una realidad para todos los venezolanos. Aprovechó el tiempo en el extranjero para organizar grupos, formarse políticamente e impulsar estrategias que arrinconaran al gobierno militar. Trabajando sin descanso y sin miedo, se fue labrando el largo camino hacia la democracia.

La política de aquellos tiempos también fue dura. Existían grupos criminales al servicio del poder y cúpulas económicas que se enriquecieron al calor de los favores hechos a la dictadura. Había miedo, terror en las calles. Mucha pobreza y mucha ignorancia. Los políticos eran perseguidos, torturados y varios de ellos fueron asesinados. La lista de desaparecidos todavía da vueltas en el recuerdo de las generaciones más viejas que la inmortalizaron en varios documentos, justamente para que nuestra memoria estuviera fresca y no viviéramos otra vez ese terrible episodio. Pero se ha olvidado. Nuestra memoria histórica lo ha dejado a un lado.

El silencio y la censura eran moneda corriente. A diferencia de ahora, cuando las redes sociales son una trinchera para informar al mundo sobre las atrocidades diarias, en las dictaduras militares de la primera mitad del siglo XX apenas existían algunos panfletos y el boca a boca para agitar las mentes y salir a la calle en defensa de lo que se creía justo. Ahí la voz de Betancourt y de muchos otros próceres civiles se levantó firme. Hicieron del miedo un combustible del cambio que comenzó en las mentes de todos los venezolanos.

Después del primer intento democrático entre 1945 y 1948, dirigido por Betancourt con mano firme, sorteando las embestidas de múltiples conspiraciones, vinieron diez años de exilio y resistencia. Pero el objetivo era claro y no hubo descanso hasta alcanzarlo. Se dejaron a un lado los egos, las mezquindades y la miopía que siempre amenaza a la clase dirigente. Los líderes civiles como Betancourt apostaron por un gran pacto que permitió construir una democracia sólida y ejemplar. Eso se hizo y Venezuela fue vitrina del mundo libre.

Tantos años después, cuando desgraciadamente nuestro país atraviesa las tinieblas de la dictadura, la clase política debe rememorar la lucha de aquel momento y traerla a los tiempos que cursan. La pelea contra los regímenes de fuerza tiene que ser inteligente, y necesita, por sobre todas las cosas, del coraje y la entereza de hombres y mujeres que pongan primero el bien común.

Así como a Betancourt no le tembló el pulso y expuso su vida numerosas veces para proteger la edificación de la democracia nacional, la lucha de hoy exige una unión con seriedad, coherencia y valentía, para rescatar la moral nacional y mover los cimientos de la sociedad en búsqueda de esa democracia posible.

Rómulo nunca tuvo miedo. Apostó siempre por Venezuela. Sus logros son nuestros logros. Su obra es nuestra obra. 110 años después se mantiene vivo el patrimonio monumental que fue su vida.

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Inauguración del puente Rafael Urdaneta sobre el Lago de Maracaibo en 1962. A la derecha se encuentra don Rómulo Gallegos.

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De Betancourt se han escrito gran cantidad de páginas, disponibles en muchas librerías, bibliotecas y sitios en Internet. Existen documentales, trabajos de investigación y archivos que reproducen y reseñan su extenso legado como dirigente político e intelectual de número. Cualquier venezolano que se precie de ser demócrata debe conocer el pensamiento de Rómulo Betancourt. Y cualquier venezolano que diga amar a su país debe reivindicar la proeza de este referente dando un paso al frente y sumándose a la lucha, desde cualquier espacio.

110 años del nacimiento de este líder. Una reserva moral que recorre América Latina. Un grito valiente que se plantó contra las tiranías. Un prócer civil. Rómulo Betancourt le entregó su vida a Venezuela para enseñarnos a todos nosotros que la democracia sí es posible y que nuestro país, nuestro gran país, es tierra de hombres y mujeres libres. Y que con su esfuerzo pueden posicionarnos, nuevamente y para siempre, como una referencia de la región y el mundo.

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Ángel Arellano

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